Hola a todos;
En esta oportunidad, quiero compartir con ustedes un artículo de mi autoría que fuera publicado en el segundo número de la Revista El círculo de Tiza, sus comentarios son bienvenidos y que se genere el diálogo.
“Lo que llamamos una razón de vivir
es al mismo tiempo una excelente
razón de morir”.
Albert Camus (El mito de Sísifo)
EL SUICIDIO: De las ideas a la muerte
La vida y la muerte, dos ideas inconmensurables e inabarcables en toda su dimensión por la mente humana; ellas, junto a la duda sobre la existencia de un Dios generador de todo lo conocido; han provocado en el hombre la constante necesidad de cuestionarse a su respecto; una necesidad que ha trascendido los anales del tiempo y la historia, verdades inalcanzadas o dudas universales, por lo general han hecho presa de los espíritus profundos de cada tiempo, asumiendo aquellos de tal modo el compromiso de dar con una respuesta satisfactoria, que no han vacilado en centrar su vida y encomendarla a ese único propósito. El presente, pretende ser un ensayo que devele los entretelones de aquel compromiso, y asimismo, un intento por describir la línea que traza el compromiso que un hombre tiene con sus ideas y sueños, y que podría convertirse en aquella línea que separará la vida de la muerte.
1. las primeras pautas.
Nacer, al mismo tiempo que inicia nuestro andar en la vida, trae a nuestra existencia, indefectiblemente dos ideas constantes, que consciente o inconscientemente permanecerán en nuestra compañía hasta el final: Una de ellas corresponde a la vida y todos sus cuestionamientos (esa idea inconmensurable, tan amplia que avocarnos a su total discernimiento abarcaría más de una existencia nuestra) y la muerte (fantasma al asecho, que en cada acto, incluso en aquellos en los que no percibimos peligro alguno, habrá de disfrazarse de cotidianidad para parecer imperceptible, inadvertida hasta que tarde o temprano, abata con su zarpazo final a nuestro cuerpo, nuestra mente y el ser todo, desprendiéndonos de las dimensiones conocidas y adentrándonos a las otras zonas ignotas de lo sobrenatural).
Sin embargo; el hecho que aquellas puedan esconderse en los anaqueles de la inconsciencia, no nos extirpa la capacidad de traerlas al plano consciente y por ello es que resulta usual, para algunos de nuestros congéneres, visitar por propia voluntad circunstancias tan trascendentes y fatales como cuestionarse tanto el por qué de la vida propia y hacer que ello los lleve a preferir lo desconocido de la muerte antes que los acostumbrados rumbos que a diario nos presenta el estar participando del rito común de respirar e ir aferrándonos todavía un tiempo más, a la existencia terrena.
Son como diría Albert Camus cuestiones que si bien pueden asaltar a todos los seres humanos, sólo darán fruto en aquellos espíritus abatidos por la constante aparición de la necesidad de arribar a una respuesta definitiva que devele los telones tejidos por tantos mitos históricos alrededor de la vida y su sentido; heredados incluso sin claros antecesores, pero que nos vienen obligando a seguir adelante y a mantener en alto su valor por sobre todas las cosas, en tal grado, como si ello fuera parte intrínseca e insoslayable del estar y actuar como ser humano.
Y es que en primer término deberíamos entender, sin que esto evoque una consideración apologética sobre el suicidio, que lo deleznable de fulminar por propia mano nuestra vida, no se encuentra invariablemente en el hecho de morir por nuestra voluntad, tal como se ha creído desde tiempos sin cuenta en occidente; sino que estriba en que aquella determinación de morir, se haya engendrado en razones poco fundamentales, es decir, que la muerte sea traída gracias a un impulso desencadenado por algún acontecimiento externo que, de haberse movido un grado la muñeca del destino, nunca hubiera aparecido ante nuestros ojos. Explayando lo anterior debo decir, que la idea del suicidio no debe quedar cuajada simplemente en entenderlo como el acto único de quitarse la vida, ya que, como todos los actos humanos de trascendencia, deberá estar precedido por un cúmulo de elementos y circunstancias que en cadena se han tejido hasta llevar al individuo a su instante final.
2. el espejismo de lo social.
No obstante lo dicho sobre el suicidio en el punto anterior, debo reconocer que me ha resultado muy frecuente encontrar visiones y puntos de vista que estiman que el suicidio es un fenómeno eminentemente social, constriñendo así sus dimensiones y acuñándolo irremediablemente junto a todo el inmenso grupo de fenómenos que la sociedad produce; es muy frecuente, por ejemplo que la sociología, ciencia esencialmente encargada de la sociedad y sus expresiones, nos hable del suicidio como un acto reflejo de la sociedad y sus inestabilidades, es decir que el suicida sólo será engendrado en una sociedad cargada de problemas, generalmente de índole económico o familiar, cuestión que si bien puedo considerar, tiene cierto asidero real, nos podría condenar, si la tomáramos como única e inmejorable posibilidad de definición, a una estandarización superficial del “fenómeno”, alejándonos de un análisis más profundo y menos parcializado. El individuo está dentro de la sociedad y eso es innegable, la sociedad por tanto, formará parte de su entorno, en ella realizará sus interrelaciones de toda índole, aprehenderá de sus vecinos lo que pueda rescatar de ellos, pero sin duda este aprendizaje no trascenderá más allá de cuestiones triviales o cotidianas, es decir, podrá aprehender de alguien más a leer, escribir, bailar, relacionarse, construir vínculos afectivos, tener visiones de su entorno y la realidad que lo circunda, asimismo forjará sus propias opiniones sobre determinados temas atendiendo tal vez, a las opiniones de los demás, pero sin duda considero que para las cuestiones trascendentales, como encontrar el sentido de la vida, el saber si ésta vale la pena de ser vivida, o enfrentar la idea de la muerte como una alternativa viable, lo social no tendrá el peso ni la profundidad suficientes para asistirle en aquellas determinaciones. En buena cuenta, la sociedad es nuestro terreno de juego, donde se nos dictan las reglas y nociones generales y estandarizadas que nos permiten jugar en sociedad, pero salir de ese juego, optando por desaparecer por propia cuenta, será una opción que requerirá, para llegar a ella, de recluirnos en nuestra propia conciencia, en nosotros mismos.
3. la percepción del absurdo.
Habiendo marcado la distancia con los puntos de vista sociológicos, atenderé en este punto a la relación de lo absurdo con el suicidio.
Todo individuo en su estado normal, tiene consigo una capacidad esencial; la de percibir las cosas externas que lo rodean y asimismo, saber interiorizarlas para crear sus propios esquemas, produciendo ideas de ello, y en muchos casos, al considerar que aquella idea es digna de rescatarse, darla a conocer a los demás. Estas ideas no sólo podrán estar ligadas a cosas cotidianas y triviales, sino que también pueden involucrar cuestiones de una mayor profundidad, tales como la idea propia de la vida y la muerte. Ahora bien, para evitar que decir esto pueda parecer una incongruencia con lo expresado hasta aquí, debo hacer la salvedad de que a lo que me estoy refiriendo ahora es a la idea o noción que cada quien pueda tener, a nivel de concepto, sobre la vida y la muerte; todos somos capaces de opinar acerca de ella, incluso podemos llegar a decir que no tenemos miedo a morir o que la vida nunca debería acabarse, que deberíamos ser inmortales, es decir, nos creemos dignos y con capacidad para mostrarnos ante los demás como conocedores de aquello que ni siquiera podemos dominar, es paradójico que creamos saber tanto de la vida y de cómo vivir, cuando irremediablemente no sabemos cuando llegará el momento que se nos irá de las manos; o por otro lado, hablar ligeramente de la muerte, cuando en definitiva es un misterio que tal vez nunca llegue a revelársenos, o por lo menos no, antes de que estemos frente a ella, al final de nuestros días.
Lo que si podemos, sin temor a equivocarnos, es percibir en base a nuestra sensibilidad, lo que la vida nos muestra, es decir podemos llegar a sentir que la vida, para nosotros, no vale la pena de ser vivida, pero llegar a ésta conclusión, tal como lo dije en el punto anterior, necesitará de una reflexión enteramente personal, que deberemos hacer sólo en compañía de nosotros mismos.
En esta línea de ideas, matarse, tal como dice Camus, puede involucrar de algún modo, que lleguemos a la conclusión de que “la vida nos supera o no la entendemos”, es confesar en cierto modo que no vale la pena vivir, que es absurdo mantener una existencia terrenal, y que mejor que ello es asomar a la idea de darle fin a ese absurdo.
Todo ello es lo que se encierra en lo que bien Camus ha denominado como el sentimiento del absurdo, pero aquí debo acuñar algunas consideraciones:
Asumir que es absurdo mantener la vida, si bien me parece que puede ser una buena respuesta para la pregunta de por qué decidimos morir, creo que sólo podría ser aplicada parcialmente, es decir, estaría más ligada a uno de los supuestos que mencioné en el primer punto de este ensayo, cuando me refería a aquel suicidio que se producía como respuesta a la ocurrencia de un hecho o acontecimiento que el destino nos puso ante nuestros ojos; y no daría respuesta a aquel que yo consideré, en ese mismo punto, como menos deleznable y que se produce a raíz de la concatenación de acontecimientos nefastos tal vez, pero porqué no también, de momentos de profunda reflexión en los que se ha buscado respuestas ajenas a nuestras manos y por tanto ajenas al común de las incógnitas, y que debido a los reiterados tropiezos con la sin respuesta se ha venido provocando una desesperación tan honda en el individuo que lo fue llevando en modo sistemático, a morir, como acto consecuente respecto a su estado de búsqueda sin salida.
No obstante lo anterior, debo decir que en el sentimiento del absurdo también existe la desesperación, pero aquella estará más ligada a la desesperanza, es decir, uno decide matarse con la convicción de que no hay salida para mejorar la situación que viene viviendo, una situación que no necesariamente tendrá que ver con haberse preguntado cosas trascendentales ni haber tenido una profunda reflexión sobre el sentido de la vida, sino que tendrá que ver, en gran medida, con hechos de la vida cotidiana, golpes o pérdidas materiales o afectivas que ligarán a aquella desesperación sin esperanza con un estado profundo de depresión que podrá resultar como detonante de alcanzar la determinación de coger por ejemplo, un cuchillo y arremeter contra las venas.
El sentimiento del absurdo es finalmente, una respuesta ante los hechos tangibles, los acontecimientos que vivimos y los golpes que recibimos en nuestra existencia, que puede darle algún sentido al suicidio, pero que no considero la mejor razón para morir, pues no debemos olvidar que siempre, mientras haya vida, tendremos más de una opción para acometer contra nuestro infortunio; de otro modo, optar por la muerte, en aquellas circunstancias, sería como matarse por un impulso, sin manejar plenamente nuestra voluntad y sin la reflexión debida, lo cual no nos da la seguridad de haber muerto con pleno conocimiento de que al matarnos aquellas opciones que nos daba la vida nos serán negadas para siempre sin remedio.
4. la muerte de los espíritus profundos.
Si bien hasta aquí he venido haciendo una clara diferencia entre lo que significa matarse por la desesperación de lo absurdo y lo que involucra la muerte a consecuencia de un estado de reflexión profunda y consciente; en esta parte del ensayo me dedicaré a dar mayor detalle de esta segunda posibilidad:
Los seres humanos, entes superiores por designio divino, destinados a gobernar a la tierra y sus criaturas, tenemos la perenne necesidad de cuestionarnos, desde las cosas más simples hasta lo más profundo, así mismo, en base a esos cuestionamientos, y a esa búsqueda constante de respuestas, no será extraño que en nuestra vida, arribemos en muchas oportunidades a gozar de la certeza respecto de algo.
Sin embargo, así como, en algunos temas, la certeza parece estar a orillas del río, o sea a nuestro alcance, existen preguntas complejas y que entrañan en su complejidad su trascendencia; para las cuales, las respuestas parecen estar tan escondidas que a veces se nos pueden figurar como inexistentes; en este orden de ideas es que las nociones de la vida y la muerte y más puntualmente las que tienen que ver con su sentido, en virtud de su importancia, se nos han hecho, a lo largo de nuestra historia tareas pendientes en todas las generaciones, y por ello no es ilógico que hasta ahora nos preguntemos de donde venimos, quienes somos y por qué se nos ha confiado, precisamente a nosotros, la misión de ser los seres superiores de la naturaleza.
Pero volviendo al tema central de esta parte del discurso, debo acotar que existe cierta clase de individuos que buscan a lo largo de su vida, darle respuesta a aquellas preguntas tan trascendentes y que, como es lógico, habrán de asumir el peso de resolver la tarea que nos corresponde a todos pero que muchos rehuimos.
Preguntarse de manera comprometida acerca del por qué de la existencia, el por qué de la muerte y la existencia de Dios, pero con el afán no de masticar sólo por un corto tiempo la idea, sino con el espíritu comprometido en resolver tales incógnitas, hace que algunos hombres trasciendan los linderos de lo común y cotidiano de sus contemporáneos para situarse en el pedestal que entrega el aferrarse a lo que han considerado la mejor de las razones para seguir viviendo.
Para ser más claro, debo decir que me estoy refiriendo a los individuos que en gracia de su espíritu de búsqueda y sensibilidad máxima, han preferido acometer con todas sus fuerzas el hecho de hallarse en soledad frente a un gran muro del que esperan conquistar algún día la cima, pues de hacerlo habrán cumplido su misión en la tierra entendiendo que, a partir de ese momento es prescindible e inútil su existencia, con la inevitable paradoja que entraña que también puedan hallar la desesperanza definitiva que los llevará a la muerte, al constatar por ellos mismos, y de modo indubitable, que aquellas preguntas no hallarán respuesta en sus esfuerzos.
Como es claro entender, en ambos casos estos seres estarán en constante cercanía a determinar por propia voluntad su final, ya sea por haber alcanzado la respuesta buscada o por haber encontrado la certeza de no poder arribar a ella.
Ahora bien, demos una mejor explicación a este punto partiendo de una pregunta “la existencia de Dios”.
Lejos de consideraciones que involucren matices de índole religioso, centremos el ejemplo en el simple y complejo afán de respondernos de donde venimos, cual es, fue y será el motor del origen de la existencia humana, pues bien, a lo largo de la historia de la humanidad, ésta pregunta sin respuesta satisfactoria, para la totalidad de seres humanos, ha venido engendrándose en la mente de muchos de nosotros a manera de un cáncer lento que poco a poco va carcomiendo los esfuerzos y voluntades de aquellos que por tener el espíritu abierto y sensible han accedido a acometer con todas sus fuerzas esta tarea universal.
La idea de si Dios existe para quienes persiguen respondérsela, puede en algunos casos, tener sólo una alternativa de respuesta: Ante la imposibilidad concreta e indubitable de saber si hay un Dios que nos dio origen o si somos la respuesta a la producción de un fenómeno espontáneo del universo, muchos consideran que la única forma de definir tal cuestión, es retar a ese supuesto Dios generador de vida, de la única manera en la que se podría contestar a su estado impalpable e invisible, esto es, muriendo por voluntad propia, es decir, tomar la decisión de desaparecer para probar que el ser humano puede, a pesar de la existencia de un Dios, hacer que la libertad propia venza a los designios divinos y que prevalezca el hombre y su posibilidad de existir y morir cuando él lo decida.
El hombre sin duda es un ser libre, y muchos han entendido que la libertad del hombre debe extenderse incluso a la decisión de morir, que el hombre debe ser capaz de decidir por propia cuenta cuando debe ser el momento y cual debe ser la forma con la que se entregarán a la inexistencia.
Estas nociones son las que Camus involucra a lo que el denomina como el Suicidio lógico, es decir, morir por cuestiones trascendentales y a consecuencia de haber entregado todo a la consumación pragmática de las mismas, o como otros dirían, morir por las propias ideas, donde considera como héroes de la humanidad a aquellos que, persiguiendo, por ejemplo, descubrir la existencia o inexistencia de Dios, deciden morir para demostrar a los demás hombres que pueden decidir, o deciden morir esperando que en la muerte, todas sus incógnitas sean absueltas. En este último caso, la respuesta sólo quedará, si la hay, en aquel que murió por buscarla, es decir, en aquel individuo que por querer responderse a esa pregunta, no quiso esperar a que la muerte venga y se la responda, sino que adelantó su viaje para ir decididamente a su encuentro.
Esta consideración se reforzaría sin duda, si contempláramos algunos de los múltiples casos celebres de quienes han optado por darle fin a sus días presas de sus ideas y búsquedas y sin embargo, para evitar sentar paradigmas antojadizos, sólo referiré una vez más, una característica esencial que distingue su decisión de la de aquel que se le ocurre matarse por un impulso momentáneo, se trata pues de aquellas personas que optaron por morir aún sabiéndose en la posibilidad venturosa de seguir viviendo comúnmente, pero que, tras haber convivido mucho tiempo con sus ideas trascendentales, sus dudas, o la sin respuesta definitiva a éstas, le dan la mano a la muerte, viendo en ella la opción más consecuente.
5. Hacia una conclusión.
A pesar de lo expresado hasta aquí, y fundamentalmente más allá de lo dicho en el punto anterior, quiero comenzar a esculpir mis conclusiones afirmando que si bien me han resultado satisfactorias las afirmaciones de Albert Camus, a quien cito como epígrafe al inicio de éste trabajo, considero que la idea quedaría incompleta si no se diera al menos un vistazo a las otras posibilidades en las que podría asentarse el suicidio lógico que, partiendo del compromiso de morir por las propias ideas e ir más allá de enfrentar a los actos de la costumbre, entre otras la costumbre de vivir, podría incluir cuestiones tales como el hecho de aferrarse a una creencia de cualquier índole, de tal modo y con tamaña ambición y matrimonio, que encontrarla resuelta, en el caso que ésta envuelva una duda, o encontrarse en la necesidad de demostrarla, en el caso de que ésta esté cifrada en una hipótesis universal, o finalmente, estar en el dilema de ejemplificarla para los demás, en el caso de que se pretenda hacer de ella un paradigma; sea el hilo conductor que lleve poco a poco al individuo a desaferrarse de la necesidad de seguir vivo para entrar en la necesidad y desesperación de probar los sabores de una existencia desconocida y tal vez impalpable que nos depara la muerte.
Ahora bien, estas tres categorías, como las muchas que no haya podido atisbar aquí, se deberán escribir en el interior de cada individuo y no necesariamente concurrirán las tres o todas las existentes, las que asumo serán tan incontables como lo son nuestras propias ideas, ya que será él mismo individuo quien, como universo irrepetible, deberá encontrar sus propias dudas, hipótesis universales o hechos paradigmáticos a los que se aferrará, si su espíritu se lo requiere, hasta el final de sus días, el que como sabemos, puede llegar como consecuencia lógica, por mano propia.
Finalmente, no debemos olvidar que nuestras ideas acerca de Dios, la vida y la muerte deberán esculpirse por propia mano, aunque en ello sea inevitable el influjo de nuestras esferas sociales.
(Renán Herrera Concha)